La sala estaba cerrada, no por paredes, sino por un pacto silencioso que nadie había pronunciado. La luz parecía cansada y el aire se sostenía con dificultad, como si algo antiguo respirara desde dentro de los muros. Mi esposa estaba ahí, pero su presencia era lejana, como si el lugar ya estuviera decidiendo a quién pertenecer.
Entonces llegó el zumbido.
No entró volando: se manifestó. Negro, espeso, con un sonido grave que no pertenecía a ningún insecto conocido. No atacaba, porque no necesitaba hacerlo. Se acercaba con la paciencia de aquello que sabe que será obedecido. Su vuelo no buscaba mi piel, sino mi atención.
Levanté los brazos como quien intenta espantar un pensamiento prohibido. Quise imponer orden, reducirlo a algo pequeño, obligarlo a posarse para expulsarlo por la ventana, como si el infierno respetara salidas de emergencia. Pero cada intento lo alimentaba. El zumbido crecía. La sala se encogía.
Comprendí entonces la verdad más incómoda: no estaba ahí para herirme, estaba ahí para recordarme que aún no bajaba la guardia. Era el eco de vigilias pasadas, la forma que adopta el miedo cuando ya no tiene rostro humano. No pica. No muerde. Solo insiste.
El cansancio se volvió más pesado que el terror. Dejé caer los brazos. El cuerpo entendió antes que la mente. Y en ese instante de quietud, el insecto perdió forma, como si nunca hubiera tenido permiso para existir fuera de mi agitación.
Antes de despertar, supe el mensaje.
Hay demonios que no atacan porque viven del ruido que hacemos al intentar expulsarlos.
Cuando el movimiento cesa, el infierno también.