La Subida de las Sombras

En la colina imposible, donde el aire pesa como hierro y la noche respira despacio, tú y tu esposa avanzaban sobre aquella máquina oxidada, una bicicleta que parecía hecha con los restos de viejos pecados. Cada pedalazo desgarraba el silencio, y el camino ascendía como si quisiera devorarlos.

Detrás, una sombra gigantesca —hambrienta, de dedos alargados y sonrisa rota— seguía sus pasos. No corría: solo esperaba. Como si ya supiera que el cansancio humano siempre termina por entregarse.

La señal LOW WATER brilló como un presagio:
la energía que te quedaba era mínima, casi extinguida.
Pero aún así subiste… porque la sombra no debía alcanzarte.

Cuando por fin llegaron a aquella ciudad, parecida a Tierras de Antaño de años buenos y de estabilidad pero teñida de ocres enfermos, la discusión comenzó. No era sobre dinero… sino sobre el miedo. Ese que se mete entre las costillas cuando sientes que todo está por derrumbarse.

Entonces sonó el teléfono.
Una voz del pasado.
La persona que un día te vio caer… ahora te ofrecía techo y comida.

Los muertos del trabajo, los fantasmas pasados, volvieron a caminar en tu sueño. No para ofrecer paz, sino para recordarte que aún murmuran tu nombre en pasillos fríos y negros. Aún te observan. Aún te deben algo.

Pero el sueño termina con un giro oscuro:

No eres tú quien busca refugio.
Son ellos quienes temen que regreses.

Porque cuando alguien se levanta desde una pendiente imposible, los demonios que lo persiguieron comienzan a temblar.

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